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domingo, 12 de junio de 2011
PENTECOSTES
¿ves a Dios o no le ves? igual tienes un problema de atención. Su Espíritu lo llena todo de vida y de belleza... Prueba
sábado, 21 de mayo de 2011
V PASCUA. YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA
Aunque esté lleno de baches y piedras
y tenga infinidad de curvas,
aunque vaya por colinas y valles
y sean frecuentes las pendientes,
aunque sea estrecho y sin césped,
unas veces polvoriento, otras lleno de barrizales,
voy por él
siguiendo tus huellas,
soñando utopías,
buscando sombras,
anhelando metas,
disfrutando la experiencia.
Y Tú, que vas por delante,
te me revelas y ofreces cada día
como camino, verdad y vida.
como camino, verdad y vida.
(Fl Ulibarri, Al viento del Espíritu)
sábado, 7 de mayo de 2011
APRENDAMOS LA LECCION DE EMAUS
LA TENTACION DE LA HUIDA
No son pocos los que miran hoy a la Iglesia con pesimismo y desencanto. No es la que ellos desearían. Una Iglesia viva y dinámica, fiel a Jesucristo, comprometida realmente en construir una sociedad más humana.
No son pocos los que miran hoy a la Iglesia con pesimismo y desencanto. No es la que ellos desearían. Una Iglesia viva y dinámica, fiel a Jesucristo, comprometida realmente en construir una sociedad más humana.
La ven inmóvil y desfasada, excesivamente ocupada en defender una moral obsoleta que ya a pocos interesa, haciendo penosos esfuerzos por recuperar una credibilidad que parece encontrarse «bajo mínimos».
La perciben como una institución que está ahí casi siempre para acusar y condenar, pocas veces para ayudar e infundir esperanza en el corazón humano.
La sienten con frecuencia triste y aburrida y, de alguna manera, intuyen con G. Bernanos que «lo contrario de un pueblo cristiano es un pueblo triste».
La tentación fácil es el abandono y la huida. Algunos hace tiempo que lo hicieron, incluso de manera ostentosa. Hoy afirman casi con orgullo creer en Dios, pero no en la Iglesia.
Otros, tal vez, se van distanciando de ella poco a poco, «de puntillas y sin hacer ruido». Sin advertirlo apenas nadie, se va apagando en su corazón el afecto y la adhesión de otros tiempos.
Ciertamente, sería una equivocación alimentar en estos momentos un optimismo superficial e ingenuo, pensando que llegarán tiempos mejores. Más grave aún sería cerrar los ojos e ignorar la mediocridad y el pecado de la Iglesia.
Pero nuestro mayor pecado sería «huir hacia Emaús», abandonar la comunidad y dispersarnos cada uno por su camino, movidos sólo por la decepción y el desencanto.
Hemos de aprender «la lección de Emaús». La solución no está en abandonar la Iglesia, sino en rehacer nuestra vinculación con algún grupo cristiano, comunidad, movimiento o parroquia donde poder compartir y reavivar nuestra esperanza.
Donde unos hombres y mujeres caminan preguntándose por Jesús y ahondando en su mensaje, allí se hace presente Jesús Resucitado. Es fácil que un día, al escuchar el evangelio, sientan de nuevo «arder su corazón».
Donde unos creyentes se encuentran para celebrar juntos la Eucaristía, allí está Jesús Resucitado alimentando sus vidas. Es fácil que un día «se abran sus ojos» y lo vean.
Por muy muerta que aparezca ante nuestros ojos, en la Iglesia habita Jesús Resucitado. Por eso, también aquí tienen sentido los versos de A. Machado: «Creí mi hogar apagado, revolví las cenizas..., me quemé la mano».
III DOMINGO PASCUA. SE PUSO A CAMINAR CON ELLOS
Se puso a caminar con ellos. No es hora de quedarnos en los “peros” sino de dejarnos acompañar por Jesús. Y, con él, leer y meditar más su Palabra, abrir nuestro corazón para que pueda arder al sentir su amor, sentarse a la mesa y comerlo, hecho pan y vino.
sábado, 1 de mayo de 2010
Homilía 5º domingo de Pascua. Ciclo C. Enviada Por D. José Lozano
Domingo 5º de Pascua – 2 de mayo de 2010
Continuamos el tiempo de Pascua asombrándonos (desde la fe) por la resurrección del Señor Jesús que ha vencido la muerte, y aunque parezca mentira, junto con la muerte ha acabado con las cosas negativas de este mundo y con todo lo que esclaviza al ser humano.
En el Evangelio de este domingo, Juan 13,31-33, Jesús habla de dos cosas: Su glorificación y el Mandamiento Nuevo.
Para Jesús, su glorificación consiste en su muerte, en la entrega de su vida para la salvación de todos, en la manifestación de su amor a la humanidad pasando por el suplico de la cruz.
Para cualquier persona de este mundo, la gloria es el momento en que se ve encumbrada, reconocida y aplaudida por todos. La gloria para un deportista es el momento en que sube al pódium y recibe la medalla de oro o de cualquier otro metal. La gloria para un partido político es ganar las elecciones con mayoría absoluta. Y para una entidad económica, la gloria es obtener una ganancia mucho más allá de todas las previsiones, doblar su patrimonio, por ejemplo. Para el mundo la gloria consiste en tener, poder y placer.
Como vemos la gloria de Jesús es otra cosa muy distinta a lo que es para el mundo. Para Jesús la gloria consiste en el amor. Y cuanto mayor es el amor, mayor es la gloria, aunque ese amor lleve a la persona a dar la vida. La felicidad para Jesús está en la vivencia de las bienaventuranza (Mt.5,3-12)
Tendríamos que preguntarnos a qué aspiramos y para qué educamos a nuestros hijos, si para la gloria del mundo o para la gloria de Jesús. También tendríamos que preguntarnos a qué gloria aspiran nuestros políticos, y a donde se encaminan todos los esfuerzos y aspiraciones del mundo en que vivimos, en la escuela, la empresa y la política.
La segunda cosa que de la que habla Jesús es el Mandamiento Nuevo. Lo da a sus discípulos en la última Cena, cuando estaba despidiéndose de ellos, era como su testamento, su última voluntad. Textualmente dice: “amaos unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros”.
Primero Jesús dice que nos ha amado él: “como yo os he amado”. Es decir que, para Jesús, el amor nace de una experiencia de amor. Primero uno ha de sentirse amado y darse cuenta de que su vida es hermosa y vale la pena, y después de experimentar lo grande que es el amor, podrá compartir esa experiencia con los demás. Nadie da lo que no tiene. Una persona sólo madura cuando tiene la experiencia del amor, cuando se siente querido de verdad por otra persona.
La experiencia del amor es lo que nos hace descubrir quiénes somos nosotros, lo que vale nuestra vida, nuestras posibilidades y nuestra dignidad. A partir de esta experiencia la persona puede ponerse en marcha, para vivir una vida que valga la pena, una vida en plenitud. Lo que Jesús quiso decirles es: Daos cuenta de lo que yo os he querido, de lo que he sido capaz de hacer por vosotros y hasta dónde he llegado. Primero he sido yo quien os he querido a vosotros y os hecho mis amigos, daos cuenta de lo que habéis vivido conmigo. Esta misma experiencia de amor que habéis tenido conmigo, es la habéis de tener unos con otros. Podríamos entender la frase de Jesús: Amaos unos a otros, porque yo os he amado.
Jesús utiliza la pedagogía de la experiencia. Cuando le decimos a una persona una cosa, para que la haga, si esa persona no está convencida de que le queremos de verdad, si no tiene la experiencia de nuestro amor (aunque en nuestro interior la queramos), no aceptará nada de lo que le decimos, todo lo que le decimos le resbalará.
Por eso es muy difícil que podamos amarnos unos a otros si no tenemos la experiencia de ser queridos infinitamente por Jesús y por las personas, y, a partir de esta experiencia, querernos a nosotros mismos. Es muy difícil que podamos amar de verdad, si no hemos tenido una experiencia de intimidad con Jesús. Por mucho que nos esforcemos en amar nunca podremos llegar a querer de verdad a las personas, de una forma gratuita y desinteresada, incluso a dar nuestra vida por ellas, si no hemos llegado a saber por experiencia lo que es amor de verdad. Y ese amor de verdad, sólo lo tiene el que es el amor en persona, Jesús, y aquellas personas a las que él se lo ha dado.
Ser cristiano es tener experiencia del amor de Jesús, experimentar quién es Jesús en su intimidad, y después, o al mismo tiempo, compartir esa experiencia con las personas que traten con nosotros, a través de nuestra familia, nuestro trabajo y de nuestro compromiso en el mundo.
Es necesario que, los que queremos ser cristianos, y que se nos distinga porque nos amamos unos a otros, cultivemos muy a fondo nuestra comunicación y nuestra intimidad con Jesús: Oración, Eucaristía, lectura de la Palabra, y, de una forma especial, nuestro compromiso con los pobres.
A eso venimos precisamente a la Eucaristía, a experimentar el amor del que lo dio todo y se entregó a la muerte por nosotros. Esto es lo que celebramos en esta reunión.
sábado, 24 de abril de 2010
Homilía 4º Domingo de Pascua ciclo C (por D. José Lozano)
Domingo 4º de Pascua – 25 de abril de 2010
Este domingo de Pascua, en el que se conserva la alegría y el carácter propio de este tiempo, siempre se ha llamado el domingo de “el Buen Pastor”. En él se ha mirado a Jesús como la persona que acompaña a cada cristiano y a toda la Iglesia en todos los momentos de la vida y a través de todos los siglos, como un pastor acompaña y se preocupa por la vida de sus ovejas. Jesús ha resucitado para acompañarnos y caminar con nosotros. Cristiano es el que se siente acompañado y apoyado, en todo momento, por Jesús resucitado. Y, al contemplar al único Pastor de la Iglesia y de la humanidad, la comunidad cristiana, se ha fijado en los que desempeñan las tareas pastorales en la Iglesia, los sacerdotes, los párrocos, los obispos y el Papa. Ha sido un día de oración y de apoyo a los que desempeñan este servicio en la comunidad cristiana.
Pero además de esto, al leer la Palabra de Dios, en este domingo, nos damos cuenta de los objetivos de este Pastor. Jesús ha venido a este mundo para reunir a toda la humanidad en una sola familia, para hacer, de toda la especie humana, un solo rebaño bajo un solo pastor. Todos los domingos y todo el tiempo de Pascua, tienen este carácter misionero. Jesús no es el Salvador de una nación o de un sector de la humanidad, sino del mundo entero.
Jesús resucita para acompañarnos y también para enviarnos a todos, a anunciar el Evangelio a toda la humanidad. Cristiano es el que participa de la misión pastoral y evangelizadora de Jesucristo, con sus palabras y sobre todo con su compromiso y con su vida.
Así vemos en la primera lectura, Hechos 13,14. 43-52, a Pablo anunciando el Evangelio de Jesús a todos, a judíos y a paganos o gentiles. Y, al anunciar el Evangelio, encuentra la oposición de muchas personas, que lo tomaban por loco o por hereje. Las dificultades que encuentran el anuncio del Evangelio y la transmisión de la fe cristiana, en nuestra sociedad, son las mismas que ha encontrado siempre. Son las mismas dificultades que encontró Jesús, desde el principio de su vida pública. El anuncio del Evangelio, si ha sido el verdadero Evangelio de Jesús, siempre ha encontrado oposición y dificultades.
Si el Evangelio es un mensaje de amor, ha de chocar con los intereses y con la organización de este mundo que está, la mayor parte de las veces, al margen del amor y en contra del Plan de Dios. El anuncio del Evangelio es una denuncia de la estructura de este mundo que deja a tantas personas sin trabajo y muriéndose de hambre.
En el salmo 99, la comunidad cristiana se reconoce como reunida y acompañada por el Señor, una comunidad, un pueblo que ha sido creado por él y que a él le pertenece, y que en todo momento reconoce y agradece el apoyo y la fidelidad de Dios. La comunidad cristiana confía sólo en Dios.
La segunda lectura, Apocalipsis 7,9. 14-17., nos habla de una multitud reunida por el Pastor que, al mismo tiempo es cordero que da la vida por el rebaño, formada por personas de toda raza, lengua y nación; y que vienen de la gran tribulación, es decir, que para pertenecer a esa comunidad, han tenido que pasar por el sufrimiento y la persecución, han tenido que optar en medio de dificultades. De nuevo vemos la misión del resucitado: reunir a toda la humanidad, a las personas de todas las razas y de todas las naciones, hacer una comunidad universal en la que caben todos, enjugar las lágrimas de la humanidad y conducirla a las fuentes de aguas vivas. Jesús se presenta como respuesta a los deseos y necesidades profundas de todos los seres humanos.
En el Evangelio, Juan 10,27-30, Jesús dice que conoce a sus ovejas y que éstas le escuchan. Hay una unión y comunicación total entre Jesús y sus seguidores, hasta el punto que él les transmite su vida, y nadie las pondrá en peligro. Jesús es el modelo de todos los líderes (especialmente los que están al frente de la Iglesia), y de toda persona que tiene una responsabilidad de gobierno, desde la familia hasta el estado.
En el Evangelio, donde escuchamos las palabras de Jesús, aparece siempre lo más profundo de la identidad cristiana. Ser cristiano consiste en vivir una total unión con Jesús hasta el punto de experimentar en nosotros su propia vida, como la rama unida al tronco del árbol, como el sarmiento unido a la vid. Esta unión se manifiesta escuchándole, comprendiéndole, siguiéndole, reproduciendo, desde dentro de nosotros, su propio estilo de vida. Tan fuerte es la unión del cristiano con Jesús que nada ni nadie puede separarlo de él, y que nos hace a cada uno como otro cristo, cuando nos entregamos de verdad a vivir su propia vida.
Esta unión del cristiano con su Pastor y su Guía, se realiza en la celebración y comunión eucarística que ahora celebramos, en el compartir los bienes y la vida con los hermanos necesitados (ahora tan urgente para solidarizarnos con los parados) y en la escucha y meditación de su Palabra en las Sagradas Escrituras y en la oración. Estas tres cosas, son tres aspectos de la misma unión con Jesús que no podemos separar.
sábado, 17 de abril de 2010
Homilia 3º domingo de Pascua (Por D. José Lozano)
DOMINGO 3º DE PASCUA – 18 de abril de 2010
Conviene que tengamos en cuenta el carácter festivo y alegre del tiempo de Pascua, que se extiende durante siete domingos, y que ha de marcar la vida cristiana en Pascua y fuera de la Pascua.
Las lecturas de este domingo proclaman con fuerza el hecho de la resurrección del Señor, con palabras y obras, ante todas las dificultades de la vida y de la sociedad.
La primera lectura, Hechos 5, 27-32. 40b-41, nos habla de los apóstoles que anuncian la resurrección, con valentía, pese a la prohibición de las autoridades, “porque hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” y “salen contentos del Consejo, por haber merecido azotes por el nombre de Jesús”. Parece que el ambiente contrario que tenían, aumenta la valentía de estas personas. Lo tenían clarísimo, en aquella sociedad que era más contraria al cristianismo que la nuestra.
El Salmo 29 canta el apoyo de Dios a toda aquella persona que da la cara por Él, aunque tenga que pasar por dificultades.
La segunda lectura, Apocalipsis 5,11-14, en la línea de la primera lectura, proclama a Jesucristo como centro de la vida y de la historia. Se reconozca o no, él es el centro de la vida de la humanidad, no el dinero, ni el poder, ni el placer, ni las ideas, sino el que ha entregado su vida por la salvación de todos.
El Evangelio, Juan 21,1-19, nos habla de la tercera aparición de Jesús a sus discípulos, a orillas del lago de Tiberíades, cuando estaban pescando, en el trabajo. Jesús se presenta cuando amanecía (Él es la Luz). Con sus esfuerzos no habían cogido nada. Cuando escuchan y ponen en práctica la Palabra de Jesús llenan la red, hasta casi romperse. Cuando salen a tierra, tienen un desayuno preparado. Es Jesús quien invita, como en la Eucaristía. Examina a Pedro sobre el amor (no sobre el Derecho Canónico ni sobre Liturgia, ni sobre otras cuestiones teológicas, aunque después, estas cosas, la Iglesia las creerá necesarias), antes de confiarle el gobierno pastoral de la Iglesia. Y le anuncia que en el futuro, “otro le ceñirá y lo llevará donde él no quiere”, es decir, le dice que tendrá ocasión de dar la vida por él.
En este Evangelio, encontramos algunos detalles importantes de la persona de Jesús: Es una persona cercana que se hace presente en nuestro trabajo y que hace nuestro trabajo fecundo con su Palabra, si la tenemos en cuenta. Convierte nuestro trabajo y lo hace culminar en la Eucaristía (la comida en la orilla). Los discípulos confían plenamente en la Palabra del Señor y llenan la red. Eran 153 peces, la totalidad de especies que, según se creía, había entonces, es decir toda la humanidad. Pedro arrastra la red hacia Jesús. Jesús resucita para atraer hacia sí a toda la humanidad. A pesar de que eran tantos peces no se rompió la red, es decir, en la Iglesia caben todos, no hemos de tener miedo a que la Iglesia se rompa.
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