sábado, 27 de marzo de 2010

28 de marzo, Domingo de Ramos. 11'00 h Bendición de Palmas en Glorieta, Procesión y Misa.

DOMINGO DE RAMOS


La celebración de hoy comienza con gran alegría. La procesión de las palmas es siempre alegre y vibrante. Es cierto que nosotros mismos, como los habitantes de Jerusalén, hace ahora más de dos mil años, hemos participado de la alegría del momento. Casi todos se han vestido mejor, más elegantes, o, incluso, habrán estrenado algo, como marca una vieja tradición. Pero la alegría se detiene tras la lectura de la Pasión según San Lucas. Emociona, y mucho, la tragedia, dolor y sufrimiento de nuestro Maestro Bueno. Es verdad que cuando salgamos del templo, hoy, llevaremos la impronta de pesar que marca el camino hacia la Cruz de Jesús de Nazaret.

Jesús quiso dejar claro que era pacífico. Entró en Jerusalén sobre un borriquillo y no a lomos de un impetuoso caballo blanco, rodeado de su guardia de corps. Los antiguos reyes judíos utilizaban el borriquillo como símbolo de humildad. El cortejo real era festivo y propio de una romería. Las gentes le saludaban con ramos de olivo –señal de paz—y palmas. Y, desde luego, fue un gran éxito. Y si bien a las fuerzas de ocupación romana el asunto no les importó nada, no ocurrió así con el conjunto de las autoridades religiosas de Israel, que entendieron perfectamente que esa entrada era religiosa y que añadía un talante de paz y de fiesta muy deseado por el pueblo, pero odiado por el sistema oficial del Templo, ya que era todo un cambio. Y fue esa entrada triunfal lo que precipitó la persecución y muerte de Jesús.

Abramos nuestros oídos y también nuestros ojos, nuestra mente y nuestro corazón, para descubrir, en la lectura de la Pasión, nuestra propia realidad. Tal vez nos identifiquemos con el que traiciona y vende a su amigo, a su familia, o a su pueblo por dinero. El hombre que facilita su casa para celebrar la cena pascual y provee generosamente para el compartir fraterno. El miedo de los discípulos ante el peligro; la falsa promesa de Pedro de acompañar a Jesús y estar dispuesto a morir con él, y la negación posterior. La debilidad en la oración por parte de los discípulos, el sueño que no los deja ver la realidad y la invitación a estar siempre vigilantes y orantes, pues no es fácil asumir la cruz de cada día. ¿Existen esas realidades en nuestro entorno social, familiar y eclesial? ¿Existen hoy personas que buscan la justicia por medios violentos, como lo quiso hacer aquel que sacó la espada para defender el proyecto de Jesús? ¿Existen hoy personas que, llenas de miedo, abandonan la causa del Reino y se esconden para defender sus vidas? ¿Existen hoy juicios como el que le hicieron a Jesús?

Y ahora, en esta Eucaristía sintámonos Iglesia reunida en torno a Cristo que "sube a Jerusalén": "subamos también nosotros con él". Aclamémosle como Rey pacífico; acojámosle, a El que nos llega en nombre del Señor; recibámosle como Pan de Vida partido y entregado por nosotros. Y alentados por esta prenda de victoria, mantengámonos en estos días despiertos y atentos en expectación de la madrugada de Pascua.

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